Hay días que a uno le resulta más difícil expresar sus sentimientos que otros. Y precisamente hoy es uno de estos. Suelo ser optimista, y siempre trato de ver el lado positivo de las cosas. Sin embargo, en estas últimas semanas una extraña sensación invade mis pensamientos. Tengo que confesar que no soy capaz de describirla con palabras, y eso me preocupa aún más.

La pasada semana, oía cómo en un programa radiofónico, el profesor Jose María O’kean, al que por cierto tuve la fortuna de disfrutar hace varios años, citaba cómo, en el libro “El arte de la guerra”, se explica que al enemigo derrotado siempre hay que dejarle una salida honrosa. Su símil era muy esclarecedor. En este momento, los derrotados parecemos ser los ciudadanos, que nos estamos viendo obligados a asumir unos ajustes tremendos. Sin embargo, nadie nos está ofreciendo una salida honrosa, un horizonte de esperanza al que aferrarnos y que nos anime a asumir con unidad las reformas que día tras día vamos conociendo.

Fue en ese momento, cuando entendí perfectamente el por qué de mi alteración y nerviosismo. Siempre he defendido la necesidad de acabar con la cultura del despilfarro, y empezar a ejercer unas políticas austeras y serias, con dos máximas: eficacia y eficiencia. Sin embargo, la naturaleza humana necesita incorporar un ingrediente a este cóctel. ILUSIÓN. Sí, con mayúsculas. Y eso es precisamente lo que ahora mismo falta en la ciudadanía en general, y en la clase política en particular.

Ser responsables y enfrentarse a un contexto económico como el actual, con un cambio de reglas del juego, no es incompatible, con transmitir ilusión. Todas las personas e instituciones, que de una u otra manera ejercen su actividad en el ámbito político, económico y empresarial, tienen la obligación de empezar a lanzar algún mensaje de ilusión. Por supuesto que no pueden dejar de ser realistas, pero como ciudadanos necesitamos, y exigimos, vislumbrar que todos estos esfuerzos se van a traducir en algo que verdaderamente merezca la pena. Tal vez, en mi caso me esté costando entenderlo, pero me temo que es algo mucho más generalizado. Por ello no puedo dejar de aprovechar estas líneas para pedir ese esfuerzo “explicativo”. Ya lo decía la canción… “No me llames iluso, porque tenga una ilusión”.

NOTA: Artículo publicado en “El Periódico de Aragón” el 29-04-2012